He vuelto a leer unos poemas de Kavafis las dos últimas noches para ayudar a conciliar el sueño.
Una piel como hecha de jazmines...
Las imágenes del deseo volvían al viejo poeta una y otra vez, los cuerpos amados, las habitaciones casi siempre sórdidas y pobres, la belleza de un cuerpo, de una mirada, del roce de unos dedos sobre unos pañuelos de seda, el sudor bajo la ropa muy ligera bajo el calor de un mes de julio. Qué curioso el deseo, que dios tan caprichoso. ¿Uno desea a quien quiere o a quien puede? Entregado al júbilo de la juventud cuando todo parecía tan fácil aunque no lo fuera, pienso que deseo y ocasión no siempre fueron de la manos, no tanto porque no consiguiera amar a ciertas personas que fueron siempre inaccesibles - en general conseguí, pienso, lo que me proponía- sino que a veces, dada la ocasión, no iba acompañada de un deseo verdadero. Siempre hubo pasión con mis amantes, pero vengo a darme cuenta de que no siempre hubo deseo. Deseo de verdad.
Una piel como hecha de jazmines...
A veces uno acepta lo que está disponible, uno aprende a amar aquello que cree merecer, casi siempre me dio pudor decir que no por si los si el hado del destino caprichoso se llevaba los si en su regazo. ¿ A quién desee realmente? ¿cuántas veces ocasión y deseo estuvieron de la mano? Solo recuerdo una ocasión en que, incrédulo, no podía creer que aquel cuerpo desnudo y tendido sobre mi cama estuviera ofreciéndoseme, es más, requiriendo mi presencia. Quiso la mala suerte o el capricho de la suerte que solo compartiésemos una noche, qué rácana la vida en ocasiones, que cicatera, y sin embargo al menos tendió a Rob sobre mi cama, su piel suave casi sin vello, una piel como hecha de jazmines.
Nos conocimos por internet, como no podía ser de otra forma. 19 años. Un adolescente polaco, delgado, esbelto, cabello rubio ceniza desordenado, los ojos verdes y unas gafas de estudiante travieso y empollón. Trabajaba en un pub cerca de Regent´s Park, pero quería ser- o decía ser- fotógrafo. Era verano. Cuando quedamos - bajo el puente de Shoreditch High Street- no podía salir de mi propio asombro de que aquel muchacho quisiera tener una cita conmigo, aunque yo solo tenía 29 años. Rob era la materialización misma de mi deseo, la expresión misma de mis fantasías hecha carne y puesta frente a mí. Cuando expresó con aspavientos ante el escaparate de una librería que ¡amaba los libros! ya directamente creí que aquello no podía ser cierto, que la vida me hubiese enviado exactamente aquello que llevaba soñando desde que era adolescente. Rubio, ojos claros, una piel como hecha de jazmines...
La única vez que hicimos el amor fue accidentado, en mi casa, yo preparé una comida pesada, bebimos mucho, vimos toda la trilogía de Ice Age y nos mareamos, nos sentó mal, Rob vomitó, yo tuve que ir al aseo, y sin embargo en un momento nos comenzamos a besar, nos desnudamos. Cuánto quisiera recordar, más de lo que recuerdo, como era su cuerpo, cómo era aquel cuerpo que pude besar, acariciar, lamer sin saber que aquella nuestra primera vez sería también la última. Rob no estaba circuncidado y tenía algo de fimosis. Mientras le lamía los testículos le miré a los ojos. Creo que dijo algo parecido a you are amazing, o algo así. No le penetré, después de lo pesada que había sido la comida. No recuerdo como acabamos. A la semana siguiente se marchó a Amsterdam, luego a Polonia, y finalmente a los Estados Unidos donde se casó con un hombre barbudo y mayor hace unos años.
Una piel como hecha de jazmines...
También era suave la piel de Peng, su olor, como lo fueron los labios de Adasat en aquel minúsculo ascensor, no podía apartarme de él, era algo físico, una ebriedad, una ceguera, una fiebre, necesitaba aquellos labios, que fueron los primeros, necesitaba todo de él, tenía el vello púbico y el de la axila mu negro y muy grueso, no era suave al tacto sino recio, y la rodilla de Gus, con aquella cicatriz, aquella marca, ¿y cómo se llamaba el chico tailandés con el que tuve un par de citas y apenas unos besos y me dejó enfermo de deseo?¿Cómo sería la piel de Miguel bajo la camiseta?, una triste mamada y tantos trabajos de amor perdidos...Mientras besaba las clavículas de Enriquealex le pregunté la hora, porque quise recordar aquella hora para siempre. La he olvidado. Hoy cuando le veo triunfal y global apenas puedo creer que un día pudiera besar aquellos labios, mirarme en aquellos ojos como dos lagunas verdes, lamerle en sus rincones, ¿y Fochi?, como olvidarle, joven, recio, hermoso como un discóbolo despistado, ¿ y los labios de Darío?, y la visión de la axila de Carlitos a través de la manga, tan cerca que podía haberla tocado, si me hubiese atrevido...
Dios bendiga a los amantes, a los que se besan, que los dioses concedan al menos una vez en la vida el don de tocar lo que se desea y de sentirse deseado. Una vez más señor, una vez más al menos...
Una piel como hecha de jazmines...