martes, 5 de julio de 2022

Santa Ethelburga

El 24 de abril de 1993, un camión cargado de explosivos fue detonado en el corazón financiero de Londres, matando a un fotógrafo y dejando a 44 personas heridas, causando un gran destrozo en los alrededores de la estación de Liverpool Street y arrasando la capilla medieval de St Ethelburga the Virgin, que había sobrevivido a la peste, al incendio de 1666 y a las bombas alemanas durante la II Guerra Mundial. 

29 años después, una mesa cubierta con mantel de cuadros rosicler, unas luces de taberna, unas mesas, unas velas eléctricas, una playa, dos playas, el charco azul y todo ellos bailando, siguen bailando en mi cabeza un torpe sirtaki, Zorba el griego en una playa canaria bailando con Juana Polinaria , dos hombres bailando la tambora por fin, papá sentado al fondo, el arco de las flores, más allá el vino helado, los pasteles, la emoción de estar viviendo algo que ninguno ha visto antes, las palabras de mi marido, sus palabras, y las mías, y las lágrimas de alegría y de emoción y yo tomo un segundo para mirarles a todos, sin nervios, sin ansiedad, estuve presente con mi traje azul que parecía prestado, con mi pelo desbaratado, las pocas horas que duró la Fiesta Grecolatina, los largos meses que llegó prepararla, su fugacidad, palabras y besos volando de copa en copa del jardín a la nave a la tienda a la barra a la mesa se rompen las burbujas de cristal al caerse algunas chicas bailan descalzas los pajaritos en griego, luego en español, las madres que bailan juntas, las risas, el cansancio, Lina Morgan cantando a la despedida...

Han pasado apenas 3 días desde nuestra boda, mi amor, pero seguimos bailando, seguimos amor, seguimos bailando en St Ethelburga, cierra los ojos y esta todo otra vez a punto de empezar, no han llegado los invitados, siempre todo está a punto de empezar, amor, dale a la música, sigamos bailando el sirtaki hasta el fin de los tiempos, en St Ethelburga, amor, con nuestra familia y nuestros amigos, en St Ethelburga la virgen...

martes, 18 de enero de 2022

Una piel como hecha de jazmines

 He vuelto a leer unos poemas de Kavafis las dos últimas noches para ayudar a conciliar el sueño.


Una piel como hecha de jazmines...


Las imágenes del deseo volvían al viejo poeta una y otra vez, los cuerpos amados, las habitaciones casi siempre sórdidas y pobres, la belleza de un cuerpo, de una mirada, del roce de unos dedos sobre unos pañuelos de seda, el sudor bajo la ropa muy ligera bajo el calor de un mes de julio. Qué curioso el deseo, que dios tan caprichoso. ¿Uno desea a quien quiere o a quien puede? Entregado al júbilo de la juventud cuando todo parecía tan fácil aunque no lo fuera, pienso que deseo y ocasión no siempre fueron de la manos, no tanto porque no consiguiera amar a ciertas personas que fueron siempre inaccesibles - en general conseguí, pienso, lo que me proponía- sino que a veces, dada la ocasión, no iba acompañada de un deseo verdadero. Siempre hubo pasión con mis amantes, pero vengo a darme cuenta de que no siempre hubo deseo. Deseo de verdad.


Una piel como hecha de jazmines...


A veces uno acepta lo que está disponible, uno aprende a amar aquello que cree merecer, casi siempre me dio pudor decir que no por si los si el hado del destino caprichoso se llevaba los si en su regazo. ¿ A quién desee realmente? ¿cuántas veces ocasión y deseo estuvieron de la mano? Solo recuerdo una ocasión en que, incrédulo, no podía creer que aquel cuerpo desnudo y tendido sobre mi cama estuviera ofreciéndoseme, es más, requiriendo mi presencia. Quiso la mala suerte o el capricho de la suerte que solo compartiésemos una noche, qué rácana la vida en ocasiones, que cicatera, y sin embargo al menos tendió a Rob sobre mi cama, su piel suave casi sin vello, una piel como hecha de jazmines.

Nos conocimos por internet, como no podía ser de otra forma. 19 años. Un adolescente polaco, delgado, esbelto, cabello rubio ceniza desordenado, los ojos verdes y unas gafas de estudiante travieso y empollón. Trabajaba en un pub cerca de Regent´s Park, pero quería ser- o decía ser- fotógrafo. Era verano. Cuando quedamos - bajo el puente de Shoreditch High Street- no podía salir de mi propio asombro de que aquel muchacho quisiera tener una cita conmigo, aunque yo solo tenía 29 años. Rob era la materialización misma de mi deseo, la expresión misma de mis fantasías hecha carne y puesta frente a mí. Cuando expresó con aspavientos ante el escaparate de una librería que ¡amaba los libros! ya directamente creí que aquello no podía ser cierto, que la vida me hubiese enviado exactamente aquello que llevaba soñando desde que era adolescente. Rubio, ojos claros, una piel como hecha de jazmines...


La única vez que hicimos el amor fue accidentado, en mi casa, yo preparé una comida pesada, bebimos mucho, vimos toda la trilogía de Ice Age y nos mareamos, nos sentó mal, Rob vomitó, yo tuve que ir al aseo, y sin embargo en un momento nos comenzamos a besar, nos desnudamos. Cuánto quisiera recordar, más de lo que recuerdo, como era su cuerpo, cómo era aquel cuerpo que pude besar, acariciar, lamer sin saber que aquella nuestra primera vez sería también la última. Rob no estaba circuncidado y tenía algo de fimosis. Mientras le lamía los testículos le miré a los ojos. Creo que dijo algo parecido a you are amazing, o algo así. No le penetré, después de lo pesada que había sido la comida. No recuerdo como acabamos. A la semana siguiente se marchó a Amsterdam, luego a Polonia, y finalmente a los Estados Unidos donde se casó con un hombre barbudo y mayor hace unos años.

Una piel como hecha de jazmines...

También era suave la piel de Peng, su olor, como lo fueron los labios de Adasat en aquel minúsculo ascensor, no podía apartarme de él, era algo físico, una ebriedad, una ceguera, una fiebre, necesitaba aquellos labios, que fueron los primeros, necesitaba todo de él, tenía el vello púbico y el de la axila mu negro y muy grueso, no era suave al tacto sino recio, y la rodilla de Gus, con aquella cicatriz, aquella marca, ¿y cómo se llamaba el chico tailandés con el que tuve un par de citas y apenas unos besos y me dejó enfermo de deseo?¿Cómo sería la piel de Miguel bajo la camiseta?, una triste mamada y tantos trabajos de amor perdidos...Mientras besaba las clavículas de Enriquealex le pregunté la hora, porque quise recordar aquella hora para siempre. La he olvidado. Hoy cuando le veo triunfal y global apenas puedo creer que un día pudiera besar aquellos labios, mirarme en aquellos ojos como dos lagunas verdes, lamerle en sus rincones, ¿y Fochi?, como olvidarle, joven, recio, hermoso como un discóbolo despistado, ¿ y los labios de Darío?, y la visión de la axila de Carlitos a través de la manga, tan cerca que podía haberla tocado, si me hubiese atrevido...

Dios bendiga a los amantes, a los que se besan, que los dioses concedan al menos una vez en la vida el don de tocar lo que se desea y de sentirse deseado. Una vez más señor, una vez más al menos...

Una piel como hecha de jazmines...