Anoche recordé la canción Paraguas de Algora, no lo tenía previsto, sonó por casualidad en el modo aleatorio de mi Spotify. Siempre que escucho esta canción de Algora pienso en todos mis amantes, o no en todos, más bien el grupo de diez o doce que fueron los realmente importantes. Es curioso saber casi con esta dolorosa certeza que estos muchachos a los que tanto amé y cuyos nombres recordaré hasta mi último día en este mundo puede que no me recuerden de la misma manera, es más, casi con toda seguridad, la huella que yo habré dejado en sus vidas será apenas nada, qué asimetría tan curiosa, ¿verdad?, yo que les he pensado tanto en estos años, que he revivido su manera de besar, alguna de las palabras que nos dijimos, las citas que tuvimos... Quizá espoleado por la nostalgia y con la seguridad de saber que nadie leerá estas palabras, me gustaría escribir sobre ellos, a la manera sentimental, quizá melodramática que el tiempo y la distancia obligan, al fin y al cabo, todas la cartas de amor ( si es que lo son, yo creo que si ) son ridículas, ¿no lo decía Pessoa? si no fueran ridículas, no serían cartas de amor pero , como en ese otro poema de Joan Margarit, ellas serán mi última literatura.
Hoy quiero escribir sobre Gustavo, Gus como se hacía llamar cuando nos conocimos. He llegado a comprender que estuve enamorado de él, más de lo que en su momento alcancé a entender y su recuerdo persisente ha vuelto con insistencia a mi memoria desde entonces quizá porque fue el amante que me sometió a la mayor humillación que recuerdo.
Yo había visto a Gus ya en el colegio mayor, cuando iba los martes y los jueves a las clase de teatro, era un muchacho precioso, dos años más joven que yo, supongo, aunque quizá tres, ya llevaba un año viviendo en el colegio mayor por lo menos pero no le había prestado atención, no fue hasta el septiembre siguiente, cuando ya J. era mi amigo del alma. Gus tenía ( tiene) los ojos azules más hermosos que había visto, unas facciones dulces, quizá algo infantiles, una sonrisa ancha que achinaba sus ojos, una sonrisa irresistible, siempre me he sentido atraído por los chicos que sonríen de sea manera ancha, franca, enseñando los dientes. Era delgado sin ser flacucho, tenía el trasero alto y firme, llamaba la atención en su complexión, un culo caribeño, un culo sandunguero que contrastaba con su dulce amaneramiento, con su voz algo nasal, todo él parecía un gato de peluche hecho para ser acariciado. Era muy guapo de una manera no tan evidente, aunque yo creo que él siempre supo de su belleza. Conincidimos una noche de septiembre que yo me había acercado con J. a ejercer de veteranos en las noches de novatadas, aunque a mí no me correspondía. Mi aproximación a las novatadas siempre era la misma, el encontrar entre aquellos muchachos recien llegados a la ciudad a los homosexuales e intentar convencerles de que se apuntaran al grupo de teatro. En aquellos años aún se daban situaciones armarizantes y nos gustaba jugar a averiguar con dobles y triples sentidos si esos chicos entendían, como en Maurice, como en Dorian Gray. Yo no era guapo pero tenía cierta reputación quizá de veterano, quizá de chico interesante, o tal vez yo creía que tenía esa reputación y aquello me daba cierta soltura desenvuelta para hablar con chicos que me gustaban y que, indefectiblemente, eran siempre más guapos que yo, los inalcanzables, los ángeles de la belleza. Algo debió funcionar aquella noche con Gus, hablamos un rato, seguro que con dobles sentidos, el caso es que me dio su teléfono y aquella misma noche , mientras volvía a casa, le envié un sms. Eran los tiempos anteriores a todas las app y , realmente, ya darse el número llevaba implícito algo de seducción. Siempre adoré enviar mensajes, ¿cuántos habré enviado?, tantos cuentos, poemas, frases, citas que quedaron sin respuesta, me gusta pensar que al menos en eso si fui el mejor, el más ingenioso de sus vidas, si no el más guapo ni el más romántico al menos el más osado con las palabras, o quizá no, ¿quién lo sabe?. Yo estaba con mi primer novio aunque quizá estábamos en una pausa, ¿le habían diagnosticado a Rodrigo su enfermedad aquel septiembre? No recuerdo cuándo ni dónde nos besamos la primera vez, no puedo poner en orden la secuencia de eventos de nuestra cuasi-amistad con momentos eróticos, solo instantáneas. Recuerdo entrar a su habitación del colegio mayor, desnudarle, besarnos, mientras le lamía entre las nalgas, aquellas nalgas tan llenas, tan vivas, él decía ¿pero dónde has estado tú todo este tiempo? , también le recuerdo en mi cama de Joaquín María Lopez, desnudo, ¿pasó la noche? intentamos hacer el amor varias veces, Gus nunca conseguía eyacular, yo tampoco le penetré nunca, quizá necesitara ser penetrado y yo no me di cuenta, no lo supe ver. Recuerdo el olor de su perfume ( Boss Bottled ) enredado en el vello de su pecho que era más tupido en el lado izquierdo de su pecho. Tenía muchos lunares en el cuerpo. La relación con Rodrigo ya iba cuesta abajo pero no sabía cómo dejarle, por su enfermedad, ¿cómo podía abandonarle cuando tenía cancer? Sin embargo Gus ocupaba mis sueños y mis pensamientos y mis fantasías eróticas. Su mera presencia me excitaba, su presencia era pura kinestesia.En una ocasión, en algún ensayo de teatro, Gus llevaba pantalones cortos y le estaba enseñando a alguien la mínima cicatriz en la rodilla de un lunar que se había quitado. Jamás, ni antes ni después, una rodilla me pareció más erótica. Hubiera querido arrodillarme para lamerla como hacen los animales con sus crìas, para besarla, para sentir en mis labios el sabor de su cicatriz. Una vez le propuse una cita en la cafetería Havana de Pintor Rosales, no se por qué, en aquellos momentos parecía lo bastante lejos como para encontrarnos a nadie. Le había comprado Querelle de Brest, como había hecho también con Miguel, y le quise explicar lo que pasaba con Rodrigo sin decírselo explicitamente. Nos besamos en aquel bar, un poco como si tuviéramos que escondernos, ¿ por qué ? supongo que yo no estaba del todo fuera del armario, aún yo mantenía cierta fachada de misterio sobre todo en el grupo de teatro, solo J. lo sabía porque ya habíamos estado en las fiestas En plan Travesti donde me encontré a mi mismo.
Lo nuestro no funcionó. Quizá deba decir lo mío, porque no creo que Gus en realidad tuviera el menor interés. Hicimos juntos la función ese años, tenemos varias fotos juntos, él tan hermoso, yo tan poco agraciado, maldito don de la belleza. Cuando terminamos la función, una noche, fuimos todos de fiesta a la sala Cool a alguna sesión que no recuerdo, estaba Benedita con una jaula en la cabeza, en las pantallas un grupo de mujeres desnudas hacían Tai-Chi, la concurrencia era estrafalaria y maravillosa, y yo me sentía parte de algo más grande y compartir aquello con los más jóvenes del grupo me hacía sentir un orgullo paternalista, yo les estaba enseñando Madrid como antes Domingo y Guillermina me lo habían enseñado a mí. Gus y yo mantuvimos la distancia toda la noche, porque ya no éramos amantes o sólo lo éramos en mi cabeza. Teníamos una cita al día siguiente , por la tarde en el mercado de Fuencarral para tomar café y hablar, pero esa noche no quise insistirle, o no me atreví, quizá el quería que yo le besara, quizá no. Hacia el final de la noche un chico se acercó a Gus para seducirle. Gonzalo, el fotógrafo, que sabía un poco lo que había entre Gus y yo, se acercó para decirme que alguien estaba intentando levantarme a Gus. Yo, ebrio de soberbia y de seguridad en mi mismo, le dije que no se preocupara. Yo tenía una cita con Gus doce horas después, al fin y al cabo. Y sin embargo, apenas unos minutos después, empezaron a besarse delante de todos, y delante de mí. La humillación fue una sensanción abrumadora y física, un golpe en el estómago y en el cerebro que nunca se ha vuelto a repetir. Con el pasar de los años he sufrido las garras de la ansiedad, de la depresión, pero esa sensación vívida que Gus me causó esa noche jamás la he vuelto a sentir. Era una traición, una burla, y lo peor de todo, era nada, porque para Gus yo no era nada ni lo fui nunca.
Mientras le esperaba al día siguiente en la plaza del mercado de Fuencarral no sabía cómo afrontar la situación. Yo quería manter mi pose de estar por encima de las cosas, de que aquello no me había afectado. Yo era Donacio, después de todo, el más moderno, el más lanzado, el más excéntrico pero no sabía cómo tragarme los celos y la rabia. Él lo notó, me lo dijo, y yo le respondí algo muy parecido
a anoche, cuando te ví besándote, me hubiera liado con cualquiera solo para hacerte daño. Creo que solo pasamos juntos una última noche, cuando me desmoroné en lágrimas y le confesé que no sabía que hacer con lo de Rodrigo, que no quería ya a Rodrigo pero no sabía cómo dejarle sin hacerle daño, sin parecer un monstruo. Gus se quedó aquella noche conmigo, la última vez.
Luego todo se desdibujó, nos distanciamos, teníamos vidas distintas, círculos distintos. Meses más tarde, cuando Ibrahim había llegado a mi vida, nos encontramos con Gus por la calle. Todo lo que ocurrió después, si es que ocurrió, fue lo que Ibrahim me contó. Quizá fuera cierto, quizá lo hizo solo para hacerme daño contándome sus encuentros sexuales y lo bien que se lo pasaban en la cama Gus y él. Nunca se lo pregunté a Gus, pero el hecho de que en todos estos años y compartiendo amigos no haya intentado mantener un pequeño contacto o haya sentido curiosidad por saber qué es de mi vida me lleva a pensar que lo peor es lo cierto, que para Gus yo ni supuse nada ni fui importante ni dejé huella en su vida, mientras que su recuerdo está instalado en su trono dorado en mi memoria.
Ellas no te abandonarán.
El tiempo pasará, se borrará el deseo
-esta flecha de sombra-
y los sensuales rostros, bellos e inteligentes,
se ocultarán en ti, al fondo de un espejo.
Caerán los años. Te cansarán los libros.
Descenderás aún más
e, incluso, perderás la poesía.
El ruido de ciudad en los cristales
acabará por ser tu única música,
y las cartas de amor que habrás guardado
serán tu última literatura.
(Joan Margarit. Aguafuertes, 1998)