Debo tener, quizás, once años, doce, no más de trece. Subimos la cumbre en el coche de Ana Mary, un Seat Córdoba rojo burdeos. Suena la radio. Wicked Game de Chris Isaak. Miro por la ventana el valle de Frontera a mis pies y a lo lejos el océano. Es verano. Debo tener trece, doce años, no menos de once.
Express Bar, 31 Rue Saint-Maur, exterior terraza, viernes por la tarde entre las siete y las ocho de Octubre de 2019 en París. El viaje de trabajo ha terminado. Espero a que Spiros termine su visite a Ateliers des Lumieres que yo mismo he visitado unas horas antes con los compañeros de trabaoj de los que al fín me he librado. Pido una cerveza bien fría. Leo Gramática Parda de García Hortelano en un capítulo especialmente divertido. Me hace reir. Me siento bien.Quiero que Spiros tarde lo más posible para así estar yo solo leyendo en un bar de una calle de una ciudad.
El verano más caluroso de los últimos años en la isla de Paxos.Regresamos a una de las pequeñas joyerías que se asoman al puerto viejo, apenas a unos metros del mar que está completamente quieto. Por toda Grecia llaman a esta ola de calor Lucifer, y se espera que al pasar deje tormentas. Hemos regresado a comprar unas pulseritas de plata con el motivo del meandros que se romperá unos años después. Se nota que es un negocio familiar, una señora gorda y mayor parece la dueña, un anciano en otro de los mostradores, quizás más gente. En una esquina detrás de un mostrador, detrás del que debe ser su abuelo, un muchacho de unos catorce años. Lleva gafas y algo de flequillo. Lleva unas chanclas de goma. Sus pies son enormes y hermosos, de dedos gruesos, parecen desproporcionados para su cuerpo. Me parece hermosísimo. Oigo que le llaman. Spiros.
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