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lunes, 3 de noviembre de 2008

Documentales, desconocidos y castañas asadas

Huma Rojo opinaba como Blanche la de Un tranvía llamado deseo y yo , como ambas, también he creído siempre en la bondad de los desconocidos.

Las amistades nuevas es lo que tienen, que son futuribles, que no arrastran malos rollos ni rencores antiguos.Los desconocidos agradecen que los agregues al fotolog y que los invites a casa. Algunos agradecen incluso que les beses y les invites a quedarse a dormir.

No suelo tener barreras a la hora de conocer gente, empatizo casi de manera instantánea, no tendrán tiempo a decepcionarme porque seguramente pocas veces coincidiremos.Puede ser una costrumbre adquirida en el grupo de teatro donde cada año entraban quince personas nuevas con las que tenías que trabajar codo con codo.La noche madrileña es, gracias a Dior, muy agradecida, y mucha gente te conoce y te guían hacia sitios o te cuentan que tocan en una sala o que exponen en algún sitio y te invitan.Espero que entre esa masa de desconocidos sonrientes y bien vestidos uno me invite a escaparme a Lisboa y me diga que quiere perderse en mis ojos o ir a merendar castañas asadas.

Las castañas representan para mí el invierno y el otoño imaginados.Cuando era pequeño, en el cálido clima canario, me gustaba imaginarme paseando por una ciudad otoñal donde las hojas cayeran de los árboles ( cosa que nunca había visto porque en Canarias no hay árboles de hoja caduca) paseando perros lanudos y muy abrigado, envuelto en bufandas y gorros que por aquel entonces no me servían más que de adorno en Tenerife. Vine a la península por primera vez con 10 años, a ver a mi hermana que estudiaba en Granada.Hasta aquel entonces para mí las ciudades de la península eran como las de los documentales Pueblo a Pueblo, ciudades de piedra amarilla, antiguas y de calles estrechas.

Lo único que podía vivir de mi kitch invernal eran las castañas asadas, que si que hay en Canarias, y me las compraba para pasear por la Rambla .Ahora que tengo inviernos y abrigos y he visto los árboles quedarse desnudos, todavía me compro castañas a veces y me siento en algúna plaza o me voy al Parque del Oeste al templete de la música que es mi rincón favorito y me pongo en el banco al lado de la estatua de la pobre Hildegart, que su madre la mató como a una perra.

Entonces, si por casualidad nos cruzamos, no os cortéis, invitadme a un café, yo no voy a deciros que no.